domingo, 13 de abril de 2008

La trampa de la inflación

La receta mágica de la ortodoxia económica neoliberal, privatización-no intervención-desregulación y recortes, oficializado en el consenso de Washington se aplica sin matices a las economías más pobres. Pero todo cambia cuando los efectos de esa receta milagrosa ponen en peligro el crecimiento económico de los países ricos. Entonces los bancos centrales no dudan en intervenir, inyectando liquidez para evitar el colapso del sistema financiero, y se alzan las voces de sesudos economistas a favor de regular los mercados financieros. Lo que permanece invariable es la necesidad de recortes. Ningún experto económico discute que la contención de los salarios será esencial para superar la crisis.
El Banco Central Europeo se niega a bajar los tipos de interés porque podría aumentar la inflación pero no deja de insuflar liquidez para que los bancos puedan mantener el ritmo de sus operaciones. Lo que en realidad pretende, es que los bancos compensen las pérdidas por la disminución de la actividad financiera, con los ingresos derivados de tipos de interés más altos y puedan mantener así, su nivel de beneficios, a pesar del impacto negativo de un previsible repunte de la morosidad.
Se descarta, sin embargo, la bajada de tipos aunque ello aliviaría la carga financiera de las familias e impediría precisamente el impago de los préstamos. Pero con tipos bajos las entidades financieras no podrían mantener sus grandes beneficios.
De modo que el control de la inflación se convierte en la excusa perfecta para hacer que los trabajadores se conviertan, una vez más, en los principales perjudicados por la crisis económica y quienes más han de sacrificarse para superarla. Se endeudaron por encima de sus posibilidades para favorecer el enorme enriquecimiento del sector financiero e inmobiliario en los años de bonanza y serán los sufridos paganinis en la crisis que se avecina.
En resumen, más de lo mismo. Se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas.

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