La decisión del juez Garzón de abrir una investigación para realizar un censo de desaparecidos del franquismo ha provocado el rechazo de gran parte de la derecha.
El argumento más utilizado para criticar a Garzón es que su enfermizo afán de protagonismo reabre muchas heridas. Nos devuelve a un pasado doloroso que gracias a los consensos (?) de la sagrada transición ya había sido superado y reaviva innecesaria o interesadamente (el gobierno no quiere que se hable de la madre de todas las crisis) antiguos odios.
Lo cierto es que sólo pueden reabrirse las heridas que efectivamente se han cerrado. Pero hay muchas personas que después de 30 años de democracia, se preguntan que ocurrió con sus seres queridos. Sus heridas siguen abiertas.
Las que si pueden reabrirse son las de quienes ya habían olvidado que torturaron y asesinaron, o las de los que lo consintieron con su silencio cómplice. No es fácil ponerse en evidencia después de tantos años de mirar para otro lado. Y eso que los que esperan respuesta, nunca han hablado de venganza ni de ajuste de cuentas. Sin embargo, la simple posibilidad de ser señalados con el dedo ya pone nerviosos a estos apóstoles del olvido.
La transición fue una étapa de renuncias y aplazamientos. El miedo impidió tomar algunas decisiones que se pospusieron hasta que se consolidase la democracia.
Este año celebramos el 30 aniversario de la Constitución de 1978. Es una fecha oportuna para resolver algunos de esos asuntos pendientes. Sin embargo, hay quienes todavía creen que la frágil madurez democrática de los españoles no permite mirar al pasado. Son los que piensan que nuestra convivencia es posible gracias a delicados equilibrios que se mantienen merced al olvido selectivo y unas cuantas mentirijillas piadosas. No conviene agitar nuestros traumas colectivos porque podemos enloquecer de nuevo.
Que abyecto este Garzón y quienes le apoyan. Van a volar por los aires los cimientos de nuestra pacífica convivencia. Solo el liderazgo responsable de los eternos padres de la patria nos mantendrá a salvo de los fantasmas del pasado.
Durante toda la legislatura anterior, estos defensores del olvido, se manifestaron sin rubor junto a quienes exhibían orgullosos la bandera del aguilucho. Dieron vida a los que habían sido, estos si, justamente olvidados.
Son los que ahora critican a Garzón, los que realmente sobreviven en democracia gracias a delicados equilibrios. Son incapaces de rechazar de plano la dictadura franquista, dan aire a los nostágicos del aguilucho y les produce un angustioso desasosiego que se haga justicia con las víctimas del franquismo.
La justicia no es nunca el olvido.